¿Por qué eres cómplice de la desinformación (aunque no quieras)?

María coge el móvil y se encuentra un montón de notificaciones. Después de mirar las stories pendientes de Instagram entra en el grupo de WhatsApp de la familia. Qué sorpresa, el abuelo ha compartido varios enlaces, un meme sobre las próximas variantes de la Covid-19 y otro sobre quién está detrás de la nueva moda de comida “saludable”. Su hermana mayor, vegana por convicción ambiental, ha salido a desmentir esa conspiración tras la comida saludable. Le pide al abuelo que la próxima vez se lo lea dos veces antes de compartir, y sobre todo que se fije quién lo publica. Justo después contesta la tía Ana, diciendo que menos mal que alguien habla alto y claro sobre la poca eficacia de las vacunas si van a llegar más variantes. La tía zanja el asunto diciendo que ahora mismo colgará el enlace en su muro y en el grupo de antivacunas que tiene en Facebook.

Publicado por Liliana Arroyo | 20.09.2021

El primo Miguel, el mayor de todos, pone un emoji riéndose a carcajadas y va a compartir el meme entre sus colegas para echarse unas risas. Los otros 20 familiares que están en el grupo no se han pronunciado, aunque como María, ya lo han visto. Cada cual con su película y la desinformación somos nosotros, piensa María mientras deja el teléfono sobre la mesa otra vez.

Lo que ha ocurrido en el WhatsApp familiar quizá te ha hecho pensar que algo similar pasa en el tuyo. Eso no es casualidad, pues ante un mismo contenido, reaccionamos de forma distinta en según nuestra edad, nuestro género, nuestros valores y un montón de elementos más. En el momento que el vehículo mayoritario de la desinformación son las redes sociales, es primordial entender por qué compartimos lo que compartimos. Y ahí se cruzan muchos elementos: desde el funcionamiento de nuestro cerebro hasta cuánto confiamos en la gente, pasando por cuánto nos conviene creer eso que estamos viendo.

La pregunta es qué factores, tanto individuales como sociales, nos hacen susceptibles a la desinformación. Diversos estudios en psicología social y sociología se han ocupado precisamente de entender cómo digerimos los contenidos (falsos o no). La edad es clave, pues las personas mayores de 65 años son las que están más preocupadas por la desinformación y son a la vez las más susceptibles. Más que el año de nacimiento, tiene que ver con la educación recibida , así como la falta de habilidades básicas como la alfabetización digital y/o mediática.

En cuanto al género, varía mucho en función de las temáticas, pero algunos estudios indican que los hombres suelen consumir más noticias falsas, sobre todo cuando están relacionadas con desinformación política (Goyanes & Lavin, 2018) y con especial incidencia entre los posicionamientos más conservadores (Roozenbeek et al., 2020).

Hombre, desinformación

Las creencias previas juegan un papel muy importante, porque ante titulares que exponen algo que pensamos, nos cuesta más sacar la vena crítica (es lo que se conoce como sesgo de confirmación). Incluso si lo vemos navegando por las redes y tienen un aviso indicando que ese contenido puede ser fraudulento, nos fiaremos más de nuestras convicciones. Esto es más habitual, de hecho, entre personas con estudios superiores porque su nivel de autoconfianza es aún mayor.

Diversos estudios confirman que estar en situaciones de vulnerabilidad ya sea económica, personal, educativa o psicológica aumentan la susceptibilidad, así como entre las personas que pertenecen a colectivos marginalizados. La interseccionalidad es fundamental para comprender cómo afecta la desinformación. De hecho, las situaciones menos favorecidas se asocian a menores niveles de confianza en el sistema (sea el gobierno, los medios o las instituciones y la ciencia) (Roozenbeek et al., 2020), a la vez que concentran mayor tendencia a creer en teorías conspiranoicas o visiones alternativas (Freeman et al., 2020; Plohl & Musil, 2021; van Prooijen et al., 2018).

Una cosa es que nos llegue desinformación y otra cosa distinta es que la hagamos circular. Se calcula que el 80% de la desinformación online la comparten entre el 1% y el 10% (Goyanes & Lavin, 2018). Pero, ¿qué nos hace cómplices de la desinformación? ¿Cuánto compartimos y por qué? La primera curiosidad es que cuanto más rato llevamos navegando, más compartimos. Y si tenemos prisa, también. Lo hacemos en realidad para informar a la gente que nos importa de los temas que nos parecen relevantes. Eso es una inyección de reconocimiento y validación social, refuerza los vínculos y además nos permite combatir el miedo a quedarnos fuera (Baccarella et al., 2018; Talwar et al., 2019).

En definitiva, cómo nos relacionamos con la información tiene mucho que ver con nuestras condiciones sociales y nuestro sentido de pertenencia. Recibir y compartir contenidos desinformativos tiene explicaciones más emocionales que racionales. De hecho, la información que circula ahí fuera actúa como un espejo: no podemos verlo todo así que nos quedamos con aquello que nos llama la atención. Generalmente porque nos dice algo que nos gustaría pensar, sentir o creer. Quizá la versión del refranero para cómplices de la desinformación debería ser: “Dime qué compartes y te diré quién eres”.

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